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Eduardo Yarke

ETIQUETADO DE EDIFICIOS

Aún en países renuentes a adoptar medidas concretas para un uso mas sustentable de la energía, como es el caso de la Argentina, el etiquetado como manera de informar al usuario acerca de la eficiencia de un artefacto o una luminaria, está siendo lentamente comprendido y aceptado por la población.

 

por Eduardo Yarke

 

Primero fueron las lamparitas eléctricas de filamento las que tuvieron que mostrar en sus envases su pésima eficiencia en el consumo energético. Mas tarde, las heladeras, freezers y congeladoras se empezaron a vender con su correspondiente etiquetado pegado en las puertas y desde hace un tiempo, esta modalidad se extendió a los equipos de aire acondicionado.
bombita
heladera

Hay dos aclaraciones al respecto que conviene hacer: primero es que el universo de los artefactos que requieren ser etiquetados no se acaba allí, sino que debería abarcar a otros aparatos (como los lavarropas y lavavajillas, por ejemplo), y la segunda aclaración es que en mucho contribuyó a esta difusión la decidida política de nuestros socios brasileños, mas adelantados que nosotros en eso de tomarse en serio la necesidad de controlar la eficiencia en el uso de la energía. Sin este aporte, el etiquetado como indicación de la eficiencia energética de un artefacto, hubiera quedado como la rareza exclusiva que tiene para mostrar el que puede darse el lujo de comprar una heladera importada de Europa o los EEUU.

¿En que consiste el etiquetado? – Simplificando mucho el tema, se puede decir que se define la eficiencia de un artefacto ubicando su rendimiento en alguna franja predeterminada, dentro de una etiqueta que muestra varias franjas identificadas con un color y una letra.

Esta serie de franjas arranca en la A (mayúscula) y puede concluir en la F o G . Según una escala determinada, el artefacto mas eficiente será ubicado como perteneciente a la franja A y los menos eficientes en las franjas sucesivas.

Esto requiere de un detallado estudio técnico porque no quiere decir lo mismo que una luminaria esté ubicada en la franja B (por ejemplo) a que lo esté una heladera.  En el primer caso, la ubicación estará determinada por la cantidad de luz que proporcionará la luminaria por cada unidad de consumo eléctrico que genere y en el segundo caso, es posible que el método determine el consumo total (eh kwh por ejemplo) en un período fijo de tiempo, manteniendo condiciones internas de temperatura estables dentro de los rangos necesarios para su uso y  con una carga interna de objetos a enfriar que simula el uso familiar (o comercial) al cual está destinado.

Todo lo anterior pone de manifiesto que determinar si una heladera está en la franja B o en la D, depende del método que se haya empleado para definirlo. Si solo los artefactos importados tienen el etiquetado, junto con el artefacto estamos  importando el método que se utilizó para determinarlo y sobre el cual no habrá ninguna verificación local.

Esto genera la necesidad de tener normativas propias y acuerdos con los socios comerciales para que los etiquetados sean comparables entre si y signifiquen lo mismo para el usuario en el momento de elegir cual compra.

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Con este simple ejemplo queda claro que los componentes que hacen a la sustentabilidad no solo pertenecen al campo del ambiente, la economía y lo social (como pretende definirlo la bibliografía existente) sino que hay un elemento esencial para fijar objetivos y la concreción de los mismos, que es el componente político.

Por lo tanto para que la sustentabilidad se vaya plasmando en el sector productivo, en el social,  en lo urbano y en lo cultural hasta  convertirse en un paradigma que abarque al conjunto de la sociedad, el impulso y las metas son políticas. No es un requerimiento del mercado, sino que debe ser una política del Estado.

El etiquetado extendido a los edificios

Con el mismo criterio de establecer rangos de eficiencia mediante el empleo de franjas jerarquizadas por un color y una letra, se puede trasladar el concepto de etiquetado a los edificios (fundamentalmente los urbanos). En los edificios, la eficiencia no se agota en el uso y manejo de la energía, sino que también abarca el uso del suelo, del agua, de los materiales empleados y de los deshechos.

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Si como ya hemos visto, el etiquetado de una heladera es mucho mas complejo que el de una simple luminaria, en el caso de los edificios la complejidad aumenta en forma exponencial. Pero esta dificultad, lejos de ser un obstáculo debería ser un aliciente para lograr un método claro, comprensible fácilmente por la población, preciso y eficaz.

Los primeros países que adoptaron oficialmente una política de etiquetado para los edificios y con el acento puesto en los consumos energéticos, fueron los europeos comprometidos con las metas establecidas por el Protocolo de Kyoto. La mayoría lo viene implementando desde el 2008 (primer año de entrada en vigencia del Protocolo)

Lo presentan a la población desde un enfoque muy eficaz. En lugar de tratar de convencer con argumentos macroeconómicos o ambientales, lo que dicen es que: “Cada ciudadano que compra o alquila una vivienda tiene derecho a saber cuanto va a gastar en consumos energéticos o en mantenimiento”.

Para ello el propietario que vende o alquila una vivienda nueva o usada (en la ciudad de Londres, por ejemplo) está obligado a hacer el trámite de etiquetado, que quedará reducido a su unidad si la misma está dentro de un edificio colectivo y que pagará de su bolsillo. El verificador será un profesional independiente especialmente habilitado para hacer esta tarea y un organismo oficial ejercerá el control del proceso. Si la unidad fuera a estrenar, la franja en la que debe quedar etiquetada no será inferior a la B  y para el caso de las unidades usadas, la experiencia indica que se ubican entre la D y F y que el propietario dispondrá de un tiempo prudencial (no inferior a los dos años) para realizar las mejoras que permitan a dicha unidad subir por lo menos un escalón en las franjas de etiquetado.

Es este un claro ejemplo de lo que podemos considerar un método claro, comprensible y eficaz.

El etiquetado de los edificios es una herramienta muy útil cuando una determinada jurisdicción (municipio, provincia, estado, o país) decide comenzar a aplicar políticas de mejoras en la eficiencia energética de esa jurisdicción, aunque no debería quedar solo limitado a ese objetivo.

Algunas de sus ventajas son:

  1. Es un primer paso concreto hacia una política de sustentabilidad para los edificios urbanos, basada en la mayor eficiencia en el uso y manejo de la energía, el agua, los deshechos, etc.
  2. Es democrática. Involucra al conjunto de la población. Busca ser masiva y descarta la exclusividad pretendida por los sistemas de certificación (del tipo LEED) que impulsan sectores del mercado inmobiliario.
  3. Es paulatina. Se pueden fijar los tiempos y los estímulos en función de la realidad de cada momento.
  4. En el caso de los edificios nuevos, ubica la responsabilidad de la eficiencia en el propietario o constructor. Hasta ahora el que paga los mayores costos por la baja eficiencia y alto costo de mantenimiento es siempre el ocupante.

En cambio requiere:

  1. Un detallado estudio técnico sobre el cual se implemente.
  2. Continuidad. No se puede cambiar ni modificar al poco tiempo.
  3. Facilidad de comprensión. En este sentido, lo mas fácil de entender para la población es que las diferenciaciones entre franja y franja estén definidas por el consumo efectivo. Cuando se aplican otras unidades (como los grados centígrados, por ejemplo)  se convierte en algo abstracto e ineficaz.

Como se dijera mas arriba, en América del Sur es Brasil quién mayor empeño pusiera en este tema.  En junio del 2009 fue lanzado el programa de Etiquetado para Edificios Comerciales, de Servicios y Públicos (ver nota) y en noviembre del 2010 el referido a Etiquetado de Edificios Residenciales cuyos lineamientos generales se explican en la nota siguiente.



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