Arquitectura Sustentable
Edificios y espacios urbanos sustentables
 
 

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REFUGIADOS INTERNOS

Arq. Eduardo Yarke

Llegan silenciosa y calladamente. Son personas solas o más frecuentemente parte de grupos familiares dispersos. La mayoría son mujeres con sus hijos (¿adonde estarán los padres varones de esos niños?). Provienen de todos los rincones del país. Una minoría llega desde países hermanos limítrofes.

Vivian en zonas agrícolas o en montes naturales o en pequeños pueblos o ciudades. La agricultura industrial, la expansión de la frontera agropecuaria, la perversa conjunción de la soja transgénica y el glifosato, la deforestación a gran escala (aún con una Ley de Bosques que no se quiere acatar) terminó  echándolos. Mañana pueden sumarse los desplazados de la minería a cielo abierto y pasado vaya a saber que nuevo invento de las corporaciones o del mercado generará nuevos desplazamientos. No es una historia nueva (recordemos todas las historias de apropiación forzada de territorios que ocurrieron y ocurren en nuestro país desde hace mucho) pero la última intensificación sucede desde la década del 90 a la actualidad.

Vienen a instalarse en algún lugar, apenas con lo puesto y algunas mínimas pertenencias. Generalmente no conocen a casi nadie o solo cuentan con lejanas referencias. Cuando tienen suerte, algunas organizaciones político-sociales les dan una mano para que se conviertan en “okupas”.Con frecuencia esta ocupaciones son mal miradas y en algunas circunstancias se producen violentos desalojos. Si son muchos terminan siendo ocupantes “tolerados” por la fuerza del hecho consumado. Es en ese momento cuando comienza la otra parte de la historia.

Están en un lugar que no eligieron, sobre el cual no tienen vínculos de pertenencia, junto a otras personas o familias que no conocen, con los cuales no tienen vínculos relacionales. Siguen estando solos y casi desamparados en medio de otros en la misma situación. Como pueden, algunas organizaciones sociales, o algún cura comprometido con la condición humana o algunos funcionarios municipales o nacionales sensibilizados por la miseria se acercan para dar alguna ayuda. Hacen lo que pueden y lentamente algo se va consiguiendo.

Necesitan trabajo, pero la industria actual (más tecnológica) no les da cabida por diferencias culturales o formación insuficiente. |Que diferencia con los albores de la industrialización en nuestro país, cuando allá por la  década del 50 la industria incipiente los acogía, podían aprender un oficio y el sindicalismo los organizaba.

Necesitan de servicios médicos y de educación para sus hijos. A veces lo consiguen, a veces no. En los últimos meses, la Asignación Universal por Hijo resultó un verdadero bálsamo para atenuar la angustia del día a día. La mesa familiar volvió a tener sentido en las precarias viviendas. Las escuelas locales asistieron azoradas al fenómeno de una matrícula aumentada en un 25 al 30% justamente por aplicación de esta Asignación Universal que pone como condición la asistencia a las escuelas.

En los Registros de las Personas, largas filas de adolescentes sin documento alguno, dejaban de ser anónimos para incorporarse a la sociedad con un documento que hasta entonces no necesitaban.

El censo del 2010 fue la primera vez que el Estado se preocupó en saber (aproximadamente) cuantos eran. Dejaron de ser calculados a bulto para ser contados. Hoy confirmamos que son millones los que viven en asentamientos y villas miseria.

Sufren todo tipo de discriminaciones y desprecios por una parte de la sociedad que vuelca sobre ellos todas sus frustraciones y temores. Se los acusa de todo lo malo que una moral hipócrita puede imaginar. No nos extrañe entonces que algunos de ellos (muy pocos por cierto) sientan un profundo resentimiento.

Necesitan energía eléctrica, pero deben de estar mucho tiempo “colgados” hasta que alguien resuelva el problema. Necesitan agua potable y la espera puede ser aún mayor o no tener respuestas. Todavía más difícil es el tema de la vivienda o el gas.

Usan garrafas, que son mucho más caras y no es extraño que los “calefactores” se improvisen con elásticos metálicos de cama o con llantas de bicicletas conectadas a la electricidad.

Necesitan organización y ello se hace difícil cuando no existe una historia en común con los otros habitantes del lugar. Es corriente asistir a conflictos internos, lucha entre grupos, cuasi guerras de pobres contra pobres.

Lo mejor sería (si realmente así lo quisieran) poder volver a su tierra para vivir en ella con condiciones dignas. Quizás en algún momento tanto la sociedad como el gobierno comprendan que sería lo mejor que se podría hacer por estos compatriotas y hermanos. Nunca habrá distribución genuina de la riqueza mientras exista tanto desequilibrio en la distribución del territorio. Es un tema pendiente que en algún momento habrá que encarar. Cumpliríamos con nuestra Constitución Nacional, con el ideario de la etapa independentista de la cual celebramos el Bicentenario y sobre todo con nuestra conciencia de personas sensibles, solidarias y capaces.

Claro que a medida que el “exilio” se prolongue, cada vez será más difícil el regreso. Mientras tanto seguirán siendo los REFUGIADOS INTERNOS.

 


 

 


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